Nada mucho pasó
esta semana. Fui a mis clases todos los días, hice mi tarea y fui al gimnasio. Empezamos
nuestra clase con María, la clase de cuatrocientos treinta y dos, y fue bien,
pero difícil porque siempre tengo mucho que decir pero no puedo monopolizar la conversación.
Es casi el mismo problema en la otra clase de literatura, pero no es un gran
problema. Espero antes de hablo para dar a mis compañeros una oportunidad
contestar la pregunta, pero muchas veces nadie quiere hablar. Está bien. Pienso
que la clase de literatura va a ser en mi nivel, pero las otras clases no. Si,
necesito la práctica y la revisión de la gramática y el idioma, pero el ritmo
de la clase es demasiado despacio. También, los profesores hablan muy despacio
para el beneficio de mis compañeros, pero está bien. Estoy aprendiendo, pero ya
he tomado clases de este nivel en Estados Unidos.
Esta semana, empecé
a sentir mal de culpa de la ciudad grande. Soy de una ciudad grande, pero no es
la misma. En Los Ángeles, una persona tiene su propio espacio y hay más espacio
entre edificios y calles y todo esto. El cielo es más grande y el océano continúa
y hace un sentimiento de grandeza. Acá en Buenos Aires, la situación es mas
como lo de Nueva York. Las personas viven encima de ellos y no puedes ver el océano
de muchos lugares en la ciudad. Tampoco no puedes caminar por la playa. La estructura de nuestras clases aumenta este
sentimiento. Desde el segundo día en Buenos Aires, no he estado sola para un
minutito. Durante mi clase de Cultura en miércoles, casi no puse sentarme. No puse
pensar. Era horrible. Quería salir de Buenos Aires para el fin de semana y
quedarme en la playa sin hablar con nadie que me conoce. También quiero ir a un
viaje sola para la experiencia. Pero no. Había una huelga de los conductores
del ómnibus en Retiro y no podía salir ayer e ir a Mar Azul. Pero bueno.
En vez de salir
de vacaciones, salí con Sophie y Zac anoche después de la obra de teatro que
vimos con toda la clase de literatura, que incluye nuestro profesor y María. Fuimos
al Teatro Cervantes y vimos “Mateo.” No entendí casi nada de la obra y me dormí.
Traté de verla y entenderla pero estaban hablando una mezcla de castellano e
italiano porque “Mateo” es una obra sobre una familia inmigrante viviendo en
Buenos Aires durante los años treinta. Después
de la obra, Addie y yo volvimos a casa para comer, y a las uno, empecé a
caminar a Callao y Santa Fe para reunirme con Sophie y Zac. Caminamos casi a mi
calle y tomamos un colectivo (línea 39) a la Plaza Cortázar.
En Plaza Cortázar,
fuimos a un bar que tenía una terraza en la segunda pisa y un ambiente muy
tranquilo. Podíamos ver la gente en la plaza y tomar tragos en un lugar bonito
y cómodo (probé un Long Island Ice Tea). El bar cerró y tuvimos que salir. Fuimos
a otro bar se llama Cronik y nos sentamos a fuera donde estaba mucha gente. Allá,
nos conocemos a tres hombres argentinos y hablamos con ellos hasta cerró el bar
a las cinco y media de la mañana. Los hombres eran muy amables y hablamos sobre
arte, la ciudad, el idioma, y cosas así. Me dijo que hablé muy bien castellano
y mi conjugación de verbos era buena. Sophie y yo caminamos hasta Santa Fe y
tomamos un colectivo a mi calle y volví a casa a las seis y media de la mañana.
Me lavé la cara y me cepillé los dientes y me dormí a las siete. Era amanecer
cuando, por fin, me dormí.
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